Arqueros celestes

Amores brujos

 

Pero, puesto que estos misterios no están a mi alcance,
fingiré que soy su organizador.
Jean Cocteau

Estábamos mi vida y yo tomando unas coca-colas bajo los arbustos de reseda, cuando un soplo de brisa jugó en el suelo con las sombras de las ramas, dibujando entre las flores caídas un caprichoso zig-zag.

—Se me acaba de ocurrir algo para la novela —dije.

Un rato antes había dormido una breve siesta y estaba tan relajada que las imágenes del sueño fluían todavía. Estas flotaban doradas, en duermevela, sin ton ni son, pero tenían al mismo tiempo gran prestancia narrativa. Las veía tras la cortina de mis párpados, en mi caverna interior, como cuando hacíamos meditación con el barbudo Madirolas. Podía haber escrito con ellas un capítulo completo, titulado: “Amor prepara el arma entre el follaje.”

—¿Te lo cuento? —pregunté a mi compañero.

—No, no me cuentes nada. Ya lo leeré cuando lo publiques.

—Tú te lo pierdes —murmuré indiferente—. Nuestro amor estaba más allá de la impertinencia. Yo me puse a ampliar en silencio las imágenes que habían despertado en mi cabeza los racimos de flores rosadas y blancas de la planta.

En un peristilo de lechoso mármol, Afrodita y Apolo están recostados en desnudez titánica sobre un colchón de plumas contra un fondo azul oscuro de tormenta. Charlan sobre las travesuras de Eros. Éste lo oye y se asoma tras una cortina púrpura arrastrando el arco, visiblemente irritado por sus palabras. Apolo se ríe de él. A su radiante hermanastra no le da tiempo a frenarle. Sabe de los venenos del niño, al que ella llama “el alacrán”, y no quisiera que su rubio amigo sufriera por ellos. Eros está muy enfadado con el burlón Apolo y dispara dos flechas: la de oro contra el muslo del dios y la de plomo contra el tierno pecho de la joven Dafne. Estalla un relámpago en la colina de los Cíclopes.

A Dafne no pude verla. Ella seguía en la tierra mientras que yo había subido ya unos escalones más en la meditación. Oí su lamento, sin embargo, que casi era un relincho entre los bosques. Os pregunto: ¿Nunca os extrañó que una hamadríade de quiero y no puedo huyera del dios de la belleza viril y se pusiera tan tonta con el más hermoso y deseado habitante del Olimpo? ¿Por qué se dio a la fuga la necia campesina y no aprovechó el regalo del fabuloso amor de una divinidad para romper con él su virginidad salvaje y tener un hijo semidivino? Otras hubo de más categoría, como Dánae o Leda, que no echaron a correr, y su estirpe fue gloriosa. Pues el semen de los dioses nunca se pierde, siempre engendra, aun en una amada ocasional. ¿Qué mujer rehusaría ser fecundada por Apolo? Y si no quería ser madre, cualquier pastora de sus campos hubiera cuidado con mucho gusto del vástago divino entre los suyos sucios y brutales.

Mi viaje dio unas vueltas sobre sí. Me relajé aún más. Personajes enormes adoptaban posturas copiadas luego por Calímaco y Práxiteles, recostándose sobre un codo y empuñando tazones decorados con figuras negras, colmados de néctar y ambrosía, sobre un fondo de relámpagos. Dije mentalmente: “Vulcano”. Era la fragua de Vulcano, pero no la de Velázquez, sino otra que yo no conocía, una especie de fábrica robotizada de armamento militar supervisada por gigantes. Los nuestros son tiempos propicios a esa clase de visiones. Se ven en el cómic y en el cine, se ven en los noticiarios, se ven en las manifestaciones. Son tiempos vulcánicos, explosivos y tecnológicos, no de dioses desnudos que manejan el cielo. Mis ojos se cruzaron con el ojo único de un cíclope y el bote de bebida me resbaló de la mano y cayó al suelo, salpicándome los pantalones y los zapatos antes de estrellarse en las baldosas de la terraza.

Mi compañero me miró sin verme. También él estaba en lo suyo, quizá pensando en la serie de televisión que veíamos por las noches, que le gustaba mucho. Entonces dejé de ver al herrero titánico y llamó mi atención un grupo encantador. Venus y Eros, sentado él sobre sus talones y ella agachada dejando ver delicias que sólo una diosa puede mostrar sin desdoro. Empapaban en el contenido de dos cuencos unas flechas pequeñas. Supe que eran de Cupido, realizadas por Vulcano. La vasija de Venus contenía miel; la de Eros, hiel. Junto al niño divino había dos montoncitos de otras tantas armas delicadas como juguetes. Unas tenían la punta de plomo y otras de oro.

—¿Con esa mierdecilla de flechas organizas estos desaguisados? —preguntó Marte, que entraba en ese momento ruidosamente en la terraza sosteniendo a Apolo, dolorido en su corazón por la metamorfosis de Dafne en laurel, y en el muslo por el arma del pilluelo.

—¿Mierdecilla, eh? ¡Coge esta si puedes! —exclamó Eros furibundo.

Y le lanzó una con la mano a modo de venablo. Era de hierro, obra maestra del cíclope Tráquilo. Marte no pudo sostenerla sin quedar rígido como una estatua de bronce, y perdidamente enamorado de Venus, que miraba hacia otro lado, embelesada con los movimientos que hacía el cuerpo tremendo y deforme de su esposo al poner a punto un rayo para Júpiter.

Me parecía que en mi novela romana los amores de los protagonistas podían ser figurados por la metáfora de los Cupidos y sus dardos, pero al cabo de un rato, cuando el sol comenzó a ponerse y la brisa fresca a soplar, las fantasmagorías de la meditación grecorromana y barroca me abandonaron, succionadas por las sombras incipientes que hicieron desaparecer los cuerpos de leche, las cabelleras de miel, los ademanes violentos y la gran risa olímpica. Se deshizo el pastiche repintado una y otra vez, y oí a mi lado la voz de mi alma.

—Vamos para adentro, que está refrescando.

Sí, refrescaba. Y en la tierra el amor sólo podía expresarse por medio de la sonrisa y la complicidad. Descendí mentalmente los últimos escalones de Madirolas que me habían llevado a la región de los dioses de Rubens y los traviesos cupidos, delicia de cardenales, y entramos en casa a preparar la cena. Luego veríamos un par de episodios de la serie norteamericana 24, donde el pequeño Kiefer Sutherland interpreta un papel de heroico agente antiterrorista.


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