Amadas bestias

Amores brujos

 

DRAMATIS PERSONAE:

Hebe, hija de Júpiter y Juno. Europa raptada. Ío. Argos. Pasífae. Minotauro. Los toros de Neptuno. Hipólito, hijo de Teseo. Los caballos de Poseidón. Deméter. Despoina. Medusa. Harpócrates. Pasífae en la arena.

Mientras Hebe, la radiante diosa de la juventud, se lavaba los pies en un arroyo de los jardines olímpicos y se los secaba con una toalla de rizo, vio venir entre los rosales negros de Venus a Eros, herido, apoyándose en su arco como un anciano en el bastón y con la venda de los ojos atada a una pierna. No se alarmó. Aquel muchachito inmortal e invulnerable siempre andaba quejándose de algo para llamar la atención.

—¿Qué te ha pasado, chiquillo —preguntó la dulce mensajera, muy amiga del dios flechador.

—Calla, calla…vengo del rapto de Europa, que si por mí fuera no se habría producido. Menudo jaleo, coces, pisotones y nubes de polvo, pero ya sabes cómo es el Padre cuando pone los ojos en una mujer de su gusto: la convierte en vaca, y a correr.

—¿Lo sabe mi madre? —preguntó la joven reprimiendo una risilla que rasgó sus ojos picaruelos.

—Tu madre lo sabe y ha puesto el grito en el cielo cuando, desde la terraza oriental, ha visto a Júpiter en la costa frigia transmutado en toro blanco, persiguiendo a la princesa del lugar, la gruesa y poco amiga de la higiene Europa. Esta, que es inocente como un pato, amén de bellísima persona, ha ido acercándose poquito a poco a la hermosa bestia, que se había arrodillado y, agarrándose a sus flancos y dando un salto, se ha subido a su grupa y se me ha colocado a tiro de espaldas y nalgas.

—¿Y qué iba a hacer yo sino seguir las órdenes del Padre? Se conoce que ha bastado una de mis flechas para enamorarla, pero yo me he llevado lo mío, porque al final me he enredado con los cuernos y he sufrido estas heridas que veis. El Padre se ha incorporado llevándola a sus lomos, aferrada como una lapa, mientras las damas de la corte agitaban los lirios que habían cogido en las orillas de una charca, como si fueran armas, en defensa de su señora. ¡Qué cuadro tan grotesco, virgen santa!

—¡Maldita falta que hace —replicó la santa virgen Hebe— que me recuerdes constantemente mi bondad y doncellez! En cuando a Europa, la jarana no habrá sido tan grande, se habrá asustado la pobrecilla. No es que a mí me importe, yo pertenezco a mi madre, pero una muchacha tan joven, que no supera los dieciséis años, y un galán tan grande, maduro y poderoso, un dios olímpico vencedor de los Gigantes, en forma de toro blanco… No parece muy decente y nada tranquilizador.

—Yo también lo pienso. Lo he pasado mal cuando el Padre me ha obligado a herir a la muchacha, y eso que yo no suelo tener escrúpulos. Pero no me gusta juntar a dioses con sucios mortales, que luego pasa lo que pasa…

—Ja, ja, ja —rió la jovencita—. El Padre es taurófilo. Da pruebas de ello siempre que puede. Tan pronto se vuelve toro para enamorar a una chica, como la convierte en vaca blanca para protegerla, como hizo con Ío, a quien mi madre, para castigarla por seducir a mi Padre, le puso un tábano en la papada que le picaba sin piedad y la confió al guardián de cien ojos Argos Panoptes, que impedía que la liberaran.

—La liberó Hermes durmiendo al monstruo con su dulce flauta y sacándole los ojos con unas conchas afiladas. La madre Juno los puso en la cola de los pavorreales como recuerdo. En tu familia siempre ha habido esas cosas, hija. Líos con toros y caballos. Tu tío Neptuno mandó un toro del mar para matar a su nieto Hipólito, hijo de su hijo Teseo. Y se convirtió en caballo para poseer a su hermana Deméter y a la diosa arcaica Medusa, con quien tuvo al caballo maravilloso Pegaso. Eso por no mentar los amores adúlteros y bestialistas de tu tía Pasífae con el toro del mar enviado por el propio Neptuno, y el nacimiento del Minotauro, al que Jorge Luis Borges llama Asterión. De todo lo cual fue cómplice y alcahuete el artesano y artista Dédalo.

»Yo creo que todos ellos fueron caballos y toros en sus buenos tiempos, como los dioses de ahora somos de imagen y querencia humanas. Los arqueólogos saben que Deméter era adorada bajo la forma de mujer con cabeza de caballo entre los árcades. Como diosa yegua se escondía entre las yeguadas de la casa real para pasar desapercibida y que los fieles no la molestaran.

»Pero, ¿cuán desapercibida iba a pasar una bestia divina entre sus congéneres por escogidos que fueran aquellos caballos principescos? ¡Una yegua divina! Era tan hermosa que cuando la vio Poseidón, se enamoró de ella y la violó, tomando la forma de potro [1]. El nombre de ella cambió de Deméter a Deméter Erinia, la furiosa. Tuvo de él un caballo negro inmortal y parlante, Arión, y una mujer misteriosa [2], cuyo nombre sólo estaba permitido pronunciar en los cultos mistéricos de Eleusis.

»También estuvieron relacionados con Neptuno, Xanto y Bailo, los caballos de Aquiles, hijos de Céfiro y la arpía Podarga, que Neptuno regaló a Peleo en sus bodas con Tetis, y ésta a su hijo mimado. Y es que Neptuno tuvo la fina bestialidad de los caballos bajo la forma de su dios protector.

—¿Qué es eso, algún chascarrillo, bromista Eros? —preguntó la dulce Hebe echándose la melena para atrás.

—Quiero decir que protege, ama y manipula a los caballos porque es uno de ellos, el divino —respondió el muchacho soplándose el flequillo como reflejo del movimiento de la mensajera.

Los dos amigos siguieron esta amena charla mientras Hebe limpiaba las heridas de su compañero y las curaba con ambrosía. Pronto se les unieron —pues duraba poco rato la soledad de Eros, siempre rodeado de los otros chicos más o menos celestes— el silencioso Harpócrates, y Ganimedes, que libraba por las mañanas de sus funciones de escanciador mientras Júpiter se recuperaba de las libaciones de la noche anterior. Este último diosecillo, raptado de Troya por Júpiter en forma de águila, aportó a la cura unas gotas de néctar de un frasco que llevaba en el cinturón, golpeando suavemente sus genitales.

Harpócrates era taciturno, pero cuando hablaba solía contar historias tremendamente escabrosas que oía en los mercados de Roma y en los misterios de los templos egipcios y sirios. Se unió con gusto a lo de los dioses equinos y vacunos. Los otros temieron que, siendo de origen egipcio, les contara la historia de la diosa Hator y otras divinidades animales, por todos conocidas, pero no fue así.

El bello muchacho de bucles negros y tez marfileña, desnudo como Ganimedes y elegante como una gacela, comenzó echándoles en cara que se burlaran de las leyendas bestiales de sus dioses y de sus propias familias, y dijo que para barbaridades, las de los hombres.

Sus compañeros se sintieron excitados y le pidieron que contara algo al respecto. Y habló, rompiendo su habitual silencio.

Bien cerca, allá abajo —dijo— , en el anfiteatro de Roma, y a veces en el de Antioquía —menos en Alejandría porque las costumbres eran diferentes—, había presenciado él las representaciones de los Amores de Lucio y de la Pasífae enamorada, en clave de espectáculo letal o de auténtica ejecución de circo, que le había puesto los vellos de punta. A su lado, El rapto de Europa y las fábulas caballares y taurinas de los olímpicos eran cuentos para niños, de los que las esclavas viejas narran a los críos de la domus para que se duerman.

La Pasífae enamorada era una máquina de matar que representaba los amores de la reina de Creta y el toro de Neptuno. Por medio de un mecanismo de madera que permitía que un toro vivo y furioso, preso de cuerdas y cadenas, entrara y saliera con su verga en la vagina de la mujer hasta la muerte. Cuando ella fallecía, una cuchilla pesada y afilada caía del interior del artefacto y cortaba de un tajo la testa de la bestia. «Nunca he visto multitud más exaltada, rostros más deformados por monstruosos placeres, tal pisoteo polvoriento de las gradas, ni oído tal griterío, que amenazaba con hacerme estallar la cabeza, a mí, que soy el Silentium, cuyo animal sacrificial es la oca por su torpe graznido», dijo a sus amigos el buen Harpócrates.

Los otros niños, que no habían visto cosa igual, permanecieron un rato mirándole sin hablar. Ganimedes, el más pequeño e inocente, parecía asustado. Dijo:

—Verdaderamente, los hombres son más animales que los dioses, pues practican el mal por maldad y no por ritual.

—¿Y quién te ha dicho a ti que los animales sean malos? Que lo sean los hombres es cosa probada, pero ¿un caballo, un toro magnífico? ¿Qué de malo hay en ellos? —dijo Eros contento de estar sacando los colores y casi las lágrimas al copero olímpico, demasiado querido por Júpiter por su belleza y su bondad para no ser objeto de constantes pullas, a las que no podía responder porque ni siquiera era dios sino sólo príncipe de Troya.

—Cuéntanos el segundo entremés que viste, Harpócrates, ese del tal Lucio —dijo la encantadora Hebe para disolver cierta tensión que se había establecido entre ambos muchachos. Había terminado la cura de su compañero. Sus ninfas retiraron todo lo que había servido para ella. El charquito de agua que había quedado de limpiar sus heridas fue secado inmediatamente por los rayos del sol para que no fuera pisado o maculado.

—Los amores de Lucio —contestó el dios del Silencio— era otra forma de acabar artísticamente con los condenados por un delito gravísimo. Solía formar parte de un entremés meridiano. Se llamaban así las representaciones crueles que tenían lugar a la hora de comer, por si hubiera quienes prefirieran no estar presentes y volver a casa o dar una vuelta por los alrededores y los jardines del edificio hasta que llegara el momento de los gladiadores, que no se perdía nadie.

»En Los amores de Lucio, un asno en celo al que una bruja había hecho enloquecer con ciertas hierbas, acometía con su verga enhiesta, a fieros empellones, a una mujer desnuda suspendida boca abajo, sujeta y guiada por dos mozos del circo, mientras su rostro indefenso era picado por una oca furiosa. La mujer gritaba y sus lágrimas se juntaban con su sangre y su sudor. A veces la condenada soportaba tanto tiempo el suplicio que, acercándose la hora del espectáculo estelar del munus, tenía que rematarla un verdugo enmascarado con una careta de asno, de un tremendo golpe en la cabeza que se la partía como un melón.

»Como en el caso anterior, el burro no sobrevivía al espectáculo. El disfrazado de su propia especie le abría la panza en canal y, vivo y humeante, con las tripas fuera, lo despejaban de la plaza con una carretilla junto con el cadáver de la ajusticiada. En un parpadeo la plaza quedaba limpia para recibir a los gladiadores, los dioses de la arena. El público puesto en pie gritaba que quería ver luchas de hombres, no mariconadas de mimos. Eso me gustaba. Revelaba en ellos cierta nobleza, aunque también una frialdad terrorífica ante su propia crueldad.

—Esos relatos son impíos —dijo Hebe—. Si los oye alguno de los mayores, te ganarás un bofetón.

—¿Por qué? No he dicho nada que sea mentira, todo lo he presenciado yo mismo. Se aprende mucho por las calles de Roma, en la Biblioteca de Alejandría y en los alrededores del palacio de Diocleciano en Antioquía. Estas rosas negras vienen de allí —dijo Harpócrates tronchando el tallo de una de aquellas flores de terciopelo, oliéndola y entregándosela a la jovencita.

Entonces oyeron un agudo grito y un revoloteo de palomas asustadas.

—¡Ya están los críos destrozando mis rosales, mierda! ¡No tienen otro sitio mejor para reunirse que mi jardín! ¡Hala, fuera todos, a vuestros trabajos!

Venus, imponente en su ira, despeinada, empuñaba un látigo de siete puntas, regalo de Vulcano, con el que les azotaba procurando no lastimarles. Los chicos echaron a correr, dejando a Hebe presa de las iras de la señora. Pero Hebe era hija de Juno y no iba a arrugarse ante aquella zorra.

 


Notas:

1 Poseidón Hipio.
2 Desponia, la Señora.


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