Alberto Santos Dumont, pionero del aire

Casa de citas

 

Un cuarto de hora antes de comenzar la proyección, el abuelo de Pedrito ponía en marcha el tocadiscos y dejaba que la música fluyera hasta el enorme altavoz que previamente había colocado sobre el escenario, a los pies de la pantalla. Eran casi las diez de la noche, la taquilla del cine ya estaba abierta y los primeros espectadores empezaban a llegar a La Pista. Alguno traía un botellín de cerveza en la mano. Ellas se acompañaban de una rebeca, a menudo imprescindible en los cines de verano. La música siempre era la misma: En un mercado persa, de Ketelbey, popular y exótica a la vez, quizá porque era el único disco que tenían; quizá porque la cara B, En el jardín de un monasterio, era poco apropiada para animar la espera.

Nosotros vivíamos enfrente del cine de verano, en un tercer piso con galería cubierta. Desde allí oíamos a diario la matraca de Ketelbey y podíamos ver las películas de La Pista, aunque yo, que era amigo de Pedrito, podía verlas gratis en primera fila, siempre que fueran toleradas. Por las tardes, Pedrito y yo colocábamos las sillas para la sesión de cine. Su abuelo sabía calcular el número de espectadores de cada noche y, en función de la película, nos hacía montar seis, diez o veinte filas de sillas. Eran sillas de enea, castigadas por el sol y la intemperie. También había sillas de tijera, amontonadas bajo un tejadillo, por si, a última hora, acudía más gente de la prevista. Recuerdo que cuando proyectaron Psicosis, hubo que bajar incluso las sillas de casa de Pedrito e improvisar unos bancos con tablones de madera porque se esperaba -y así fue- tanto público como en Los diez Mandamientos, que hasta entonces tenía el récord de asistencia. Yo pude ver Psicosis desde nuestra galería, con nueve años. Mis padres no le hacían ascos al mago del suspense.

Por lo general, cuando traían películas españolas o sudamericanas, el abuelo de Pedrito nos mandaba poner una docena de sillas solamente. Por cumplir. ¡Esta noche no vendrá nadie!, murmuraba maldiciendo lo que tenía que proyectar. Sin embargo, alguna de aquellas películas en blanco y negro logró superar la indiferencia del público y llenar veinte filas en La Pista. Así sucedió con las películas de José Luis Ozores, a quien se le tenía mucha devoción desde El tigre de Chamberí y Recluta con niño. Y algo así sucedió también con Escuela de vagabundos, una comedia mexicana en la que nadie confiaba.

La película estaba protagonizada por Pedro Infante, que cubría un papel de vago lenguaraz y algo pomposo. Alberto Medina, decía llamarse. Cuando Alberto se presenta en la mansión de unos ricachones pidiendo que le dejen llamar por teléfono, doña Emilia, la dueña de la casa, que está encaprichada con los vagabundos, lo contrata como chófer. Alberto conoce a las hijas del matrimonio y las engatusa con sus canciones. Poco a poco la situación se va enredando y la película se convierte en un auténtico disparate.

Al inicio de Escuela de vagabundos, mientras giran los títulos de crédito, Pedro Infante conduce un automóvil cochambroso mientras va cantando una canción sobre sus amoríos con Lucrecia (en Venecia), sus líos con Catalina (y una mandolina) y no sé cuántas cosas más sobre botellas y cabarets1 . De repente, la canción da un vuelco y pasa a contarnos cosas sobre un personaje de carne y hueso, que no es otro que Santos Dumont, el acaudalado brasileño que voló antes que nadie en un aerostato a motor. Así que nos olvidamos de Lucrecia y atendemos a la historia de un tipo que se niega a descender del globo en el que va montado. Esta es la letra del fragmento:

Santos Dumont, Santos Dumont
inventó un globo
que pensaba dirigir con aire solo.
Sentado en su silla estaba
pa’ tomar la dirección
y cuando más alto estaba
su papá le preguntó:
¡ey, Dumont! ¿bajas o no?
¡no, no y no!

Baja Dumont, baja Dumont
que aquí te espera
la comisión que ha de llevarte a la Antequera.
Que se vaya donde quiera
que no me pienso bajar
que yo pienso dirigirme
al peñón de Gibraltar.

Cuando la película llegó a La Pista, la radio ya había popularizado la canción de Pedro Infante, así que el abuelo de Pedrito, que sólo escuchaba a Ketelbey, erró el cálculo. Al cine acudió mucha más gente de la prevista. Hubo que repetir la película al día siguiente y, a resultas del éxito, un grupo local de música, a la sazón Los Libélulas, interpretaron el tema innumerables veces durante las tardes de domingo en el baile de La Pista. Todo el mundo se aprendió la letra. Mi madre la cantaba y mis amigos también, pero nadie sabía quién era Dumont, en qué gastó su tiempo ni cómo fue su vida.

Un día mi padre trajo un número especial del Readers’ Digest con emocionantes aventuras del mundo real. En ese número de la revista2, que ahora guardo como oro en paño, se contaba la trayectoria de este ingeniero brasileño que se instaló en París con diecinueve años y se encaprichó con las posibilidades del vuelo a motor. Corría el final del siglo XIX, se acababa de inventar el motor de gasolina y el mundo soñaba con surcar los aires con autonomía de vuelo. Hasta la fecha, los globos aerostáticos se movían al albur de las corrientes de aire. El reto en 1898 consistía en dirigir el vuelo, bien fuera hacia Antequera o hacia Gibraltar. A ese empeño se aplicó Alberto Santos Dumont con un tesón y un ingenio admirables, acomodando el motor de cuatro tiempos a sus aeronaves y sorprendiendo con su actividad voladora a los ciudadanos de París durante dos décadas. Santos Dumont ascendía a los cielos y caía sobre los tejados de la ciudad o el bosque de Bolonia con una tenacidad en la que no hacían mella los fracasos.

Pequeñito como un jockey (en sus mejores tiempos, Santos Dumont llegó a pesar cuarenta y dos quilos); elegante y presumido (vestía pantalones de cuadros, canotier y guantes de cabritilla); ingenioso y hábil (se le atribuye, entre otros, el invento y la difusión del reloj de pulsera); popular, asexuado, quizá homosexual (no se le conocieron relaciones íntimas con mujeres); soltero, sin hijos, y extraordinariamente tenaz (durante años no hizo otra cosa que trabajar en sus talleres ideando métodos para salir volando), a Santos Dumont le encantaba estar en el candelero, fascinar a sus coetáneos, recibir su aplauso y llamar la atención. Durante su corta vida recibió innumerables éxitos y agasajos. Se retiró en 1910, cuando creyó haber cubierto sus objetivos y le afectaron los primeros síntomas de lo que acabaría siendo una esclerosis múltiple. Sin embargo aún tuvo la generosidad de compartir con otros pioneros del aire sus diseños y el cálculo que le permitió cubrir los ocho kilómetros que separan Saint-Cyr-L’École de la población de Buc, en el distrito de Versailles, en solo cinco minutos, a bordo del último de sus diseños, el Demoiselle.

Mientras, al otro lado del Atlántico, los hermanos Wright hicieron sus primeros vuelos por las mismas fechas y entraron en controversia con Dumont sobre los verdaderos inventores del aeroplano. Tales discusiones descorazonaban a Dumont, que cayó preso de un desánimo que fue aumentando con el tiempo. Al estallar la Primera Guerra Mundial, Dumont se sintió culpable del uso de aviones en los bombardeos. En 1928 regresó de nuevo a Brasil en olor de multitudes, pero el hidroavión que llevaba su nombre y voló para salir al encuentro del buque donde viajaba, se estrelló y murieron todos sus ocupantes, autoridades y periodistas. Cuando el dirigible inglés R-101 hizo explosión en Francia, en 1930, y murieron 48 personas a bordo, Alberto Santos Dumont intentó suicidarse. Cualquier desgracia aeronáutica creyó que era responsabilidad suya.

Finalmente, este hombre triste y animoso que fue Santos Dumont se ahorcó en 1932, a los cincuenta y nueve años, en el hotel donde se hospedaba, incapaz de soportar el ruido de los aviones que el presidente Vargas, de Brasil, envió para sofocar una rebelión en Sao Paulo. Hoy, el aeropuerto de Río de Janeiro lleva su nombre.

Ese fue Santos Dumont, el que no quería bajar del globo.

La canción fue compuesta por Fernando Estenoz y Antonio Medina, del Trío Avileño, y la versión que inicia la película se grabó en 1955.

Aventuras de la vida real , antología de relatos emocionantes de Selecciones del Reader’s Digest (1960).

 


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