Aguinaldo dominical

Lógica (pati) difusa

 

La madrugada del domingo, en el rellano de la escalera, hubo un pequeño escándalo. Me contaron que una mujer apretó el timbre hasta convertir el toque lánguido de campana en un repiqueteo demente. Las cinco de la mañana, oiga, que no son horas. Salieron al descansillo, en estampida, el vecino del rellano y mis padres. Una mujer. Era negra. ¿Qué quería? Visitar a la vecina del cuarto primera.

Se aturulló con una explicación absurda. Que se había dormido dentro del ascensor, que se confundió de piso, en realidad iba al cuarto primera. Pero si esto es el entresuelo segunda, dijo mi padre que siempre se las ha dado de perspicaz, el pobre. Ya, contestó, pero es que vengo de una celebración y estoy un poco piripi. Me siento tan cansada que me he dormido en cuanto he entrado en el ascensor. No la creyeron. Usted ha venido a robar. ¿Quién? ¿Yo? Pero si a mí no me falta dinero. Y entonces sacó una cartera abultada de la que asomaban, como pajaritas de papel, los billetes de cien y cincuenta euros.

En el cuarto primera vive una mujer viuda, Sole. No creo que sea usted su amiga. Es una anciana de 86 años. No sé cuánto hace que no sale y no se habla con nadie de la escalera. Usted, señora, ha venido a robar. Voy a llamar a la policía. Llame y que vengan rápido, contestó la mujer, antes de que Sole me eche en falta.

Esta respuesta desarmó a mi padre. Adiós y váyase usted a la porra. ¡Ah, y deje de molestar, haga el favor!

En la cocina de casa, mis padres se asomaron a la galería para ver si en el cuarto primera había luz, y sí, al poco se iluminó la ventana de la cocina. ¿Será verdad que esa loca es su amiga?…Qué cosas más raras pasan.

Aquella tarde de domingo, mi padre tropezó con Sole del brazo de la mujer negra saliendo del patio, elegantes y hermosas. Se saludaron. Sole dijo: es mi madre ¿sabe usted?

Querrá decir que es usted su madre, la de ella. No, no, yo soy su hija. Y se fueron la dos juntitas en dirección al parque. Dice mi padre que la mujer negra tenía prestancia de artista. ¡Qué señorío y orgullo gastaba! Se las quedó mirando, confundido, el mundo al revés. ¡Vaya broma! La madre, dice, y esa mujer no tendrá más de cuarenta años. Antes de meterse en el portal, mi padre las miró de nuevo, la hija madre, o lo que fuera, le guiñó su ojo izquierdo que brillaba como una aguamarina, mientras dejaba caer un billete de cien euros. Mi padre, con atlética rapidez, lo recogió al vuelo antes de que llegara al suelo.


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