¿Agonía o permanencia del arte contemporáneo?

La rana dorada

“El nirvana estético del mundo: alcanzar lo supremo en medio de supremas apariencias. Ser nada y todo en la espuma de lo inmediato.” Cioran.

El nada esplendoroso fracaso de las vanguardias, convertidas ya en mortecinos reflejos de los modelos originarios (supuestamente vinculados a procesos emancipatorios de largo alcance, hoy completamente obsoletos), junto con la imparable hegemonía de los valores triunfantes en los mercados internacionales de arte obligan a una reflexión sobre el sentido de la actividad artística y sobre la recepción que de sus producciones se da en las sociedades de la Era Global. Desde los aspectos materiales a la compleja relación con lo mágico y lo cósmico, hoy obliterada por consideraciones sociales bastardas, todo ello en un marco epocal pleno de incertidumbres, imposturas y temores.

Así hemos introducido una Mesa Redonda que tuvo lugar el 4 de abril, cuyo audio podrá el lector encontrar en diversos lugares de Internet. Con motivo de la charla-debate en cuestión llevé preparadas unas notas básicas para tratar de dar una visión general, por necesidad sintética, sobre diversos aspectos, que consideraba esencial tratar, relacionados con la temática en cuestión. En esas notas está basado este texto. La clave de bóveda de los desarrollos que permitirán excluir la belleza del mundo del arte, hecho sin precedentes consensuado por los opinion makers del mundo “artístico” hace unas décadas e impuesto vía marketing (como se hace ya todo) sobre los usuarios de cultura, todo ello sin demasiado problema, tiene un origen que convencionalmente colocaremos en el año 1828 cuando Hegel, en sus Lecciones sobre la Estética, trajo a la vida la tesis de “la muerte del arte”.

Según el filósofo alemán, el arte, al estar lastrado por los medios sensuales de expresión, era incapaz de mostrarse como espíritu ante sí mismo. Para Hegel los bellos días del arte griego y la edad dorada de la Edad Media tardía se habían ido para no retornar; el declive de las religiones que se vehiculaban mediante el arte tuvo un impacto decisivo. El arte de nuestro tiempo no era ya el modo de conocimiento del absoluto; el búho de Minerva había extendido sus alas de pensamiento y reflexión sobre las artes más refinadas: el arte pertenece a un modo menos evolucionado de pensamiento del que la mente es capaz.

Lo cual no impidió en manera alguna que siguiera haciéndose arte tras la declaración de su fallecimiento, eso sí el arte era ahora un juego, un adorno, decoración, un mero entretenimiento… del cual el filósofo de Jena, a pesar de todo, jamás excluyó la belleza o la habilidad; imprescindible esta última, tras largos procesos de aprendizaje, para producir objetos artísticos de una mínima adecuación a su objeto o perfección.

¡Qué poco podía imaginar los desarrollos futuros de su idea! Y la escalofriante sucesión de bazofias perpetradas por presuntos artistas (“cualquiera”, “gente que hace cosas”, los “amigos del pueblo”…), calificados para nada, realizadas en contextos “líquidos”; políticos progresistas o simplemente como parte de la farándula del mercado artístico: una de las más supersticiosas, ignorantes y cretinas del horizonte cultural actual. Poco antes de esto y de las mortandades sacrificiales convenientes para la emergencia del Nuevo Orden Mundial (ahora ya en ciernes), casi cien años después, Heidegger se preguntaba: ¿es el arte aún el modo esencial y necesario mediante el cual ocurre la verdad decisiva para nuestra existencia histórica o ha perdido ya este carácter?

¿Qué había ocurrido en el camino para tener que hacerse esta pregunta?

El arte prosiguió su proceso de “intelectualización”, continuando su separación de la vertiente sacra tras las aseveraciones de Hegel, no tanto por los dictámenes de tan prolijo y confuso representante de la filosofía académica de su tiempo como por los devenires de un siglo consagrado a las revoluciones burguesas, el colonialismo rampante y el desarrollo inapelable de la Tecnociencia. Se iniciaba la larga marcha hacia la politización total de la vida social y cultural de la cual darían testimonio en el siglo XX los totalitarismos comunista y fascista. Un gánster como Lenin, reverenciado hasta hace poquísimo por numerosos artistas e intelectuales, llegó a decir: “Para mí el arte es como el intestino ciego del intelectual y cuando este haya desempeñado su papel propagandístico imprescindible para nosotros, ras, ras, lo cortaremos”.

Fue Wagner, deseoso de renovar la Ópera de su tiempo, quien acuñó el término Gesamtkunstwerk (Obra de Arte Total). Entusiasta, no sólo con las revoluciones de su época (1848) sino con la idea de que las artes podrían conseguir sostener moralmente un regreso a la antigua Grecia y lograr un auténtico cambio de civilización. Con el tiempo este sería uno de los leit motiv de las vanguardias, aunque Grecia quedaría ya lejos y horizontes de supremo progreso tecnológico y el mitema del “hombre nuevo” hacían entrever a los elementos más utopistas, seguidores de la superstición humanitaria, un horizonte luminoso. De ahí salieron las vanguardias que antes, durante y en el periodo de entreguerras (todo ello en el siglo XX) acabarán sembrando las semillas de lo que hoy llamamos “arte contemporáneo”. Del cual llevamos ya muchas décadas y varias generaciones, todo ello al consuno de la aparición de los medios de comunicación de masas: cine, radio, televisión, internet… dedicados a la destrucción de las culturas locales y a su sustitución por la proliferación de los simulacros y la más completa estandarización.

Hay, en la puerta del Cine Bellas Artes de Madrid, inscrita una frase de Walter Benjamin que mueve, aquí y ahora, a la carcajada: El cine aumenta la comprensión de las constricciones que rigen nuestra existencia, pero también nos asegura un medio de acción insospechado y enorme. Es distinta la naturaleza que habla a la cámara que la que habla al ojo. Es el mismo personaje que en su texto, El autor como productor (Sequitur), termina diciendo con la insolvencia fanática del militante: la lucha revolucionaria no es una lucha entre el capitalismo y el espíritu sino entre el capitalismo y el proletariado.

En el principio, pues, fue la vocación de redimir a la sociedad mediante el arte que, con el tiempo, se convirtió en la plena instrumentalización del arte por las ideologías totalitarias en la cual no debemos tener empacho alguno en incluir a las democracias de masas norteamericana y europea contemporáneas con su deleznable noción del soft power. Noción esta última propia de una sociedad militarizada.

El nihilismo que portan, tanto la tecnociencia como los milenarismos secularizados procedentes del judeocristianismo revestidos de utopismo emancipatorio, son sin duda la piedra de toque de estos desarrollos que conducen, como podemos ya cotejar, a una distopía que se recrea en el control, la fealdad y la idiocia.

¡Que se abran cien flores de fumaria fétida!

Y ya lo creo que se abrieron: se llamaron “expresionismo”, “futurismo”, “dadaísmo”, “constructivismo”, “cubismo”, “surrealismo”, arte oficial nazi y “realismo socialista”. Entre otras a las que habría que añadir, tras Hiroshima, el “expresionismo abstracto” y todo tipo de aberraciones posteriores, emanadas del redil del capital financiero adonde se trasladó la capitalidad de los estilemas desde la vieja Europa, en las que es difícil no incluir el “arte pop” del ínclito Warhol que fue recibido en Madrid en la época de la Movida madrileña en olor de santidad e idiocia máximas.

“Pacifismo” durante la Gran Guerra, deseo de borrar el pasado artístico a toda costa, “construir la vida”, celebrar el régimen genocida soviético, apostar por la tecnología, la velocidad y el fascismo, difundir los “valores democráticos”, todo esto que hoy, cualquier mente pensante que conozca el entorno y perciba el triste devenir de las artes de nuestro tiempo, considera banal y risible, se entronizó (y sigue entronizado) con rasgos de fanatismo religioso como nuevo espíritu del tiempo.

Como señala Antonio Valdecantos: “La libertad del artista para transgredir infinitamente proporciona el símbolo perfecto – perfectamente ideológico, desde luego – de lo que se supone es la vertiginosa libertad del individuo tardomoderno en lo que con frecuencia se llamará su aventura vital”. Basta con mirar en la dirección inversa para encontrar en la acartonada libertad artística – y de manera más amplia, cultural – el cuadro grotesco, torvamente irónico de la transgresora esclavitud del súbdito.

Podríamos extendernos indefinidamente pero vamos ya a terminar, citando una anécdota que muestra la influencia del “arte contemporáneo” y sus ideologemas básicos más recientes sobre la actividad política “a pie de calle”. Todos hemos oído hablar de las performances y de las “instalaciones” y de sus virtudes ante los entendidos. El devenir de la obra del arte hacia el evento es cantado por críticos, especialistas varios, manadas de artistoides y, claro está, expositores y traficantes de ensueños de baratillo.

En una entrevista a Bauman, estalinista encallecido polaco que emigró a Occidente en el 68, uno de estos incombustibles y prestigiosos personajes del mundillo, Maaretta Jaukkuri, profesora finesa de Arte Contemporáneo nos comenta, en el marco de un diálogo con el gurú de la Universidad de Leeds que ve “líquido” todo a su alrededor, lo siguiente.

“En el arte me interesa más lo que podría llamarse el tiempo público/compartido/común que el lugar o espacio. Me refiero a las ágoras temporales de discusión y participación que tratan cuestiones globales pero también locales: unas ágoras temporales que pueden ir desde las redes de Internet hasta las manifestaciones callejeras y que suelen vincularse entre sí. (El año pasado en Minsk, Bielorrusia, se dio un caso interesante: al estar prohibidas las manifestaciones, unos jóvenes se reunieron en silencio en medio de la calle y se pusieron a comer helado al unísono llamando así la atención)”.

Parece estúpido y lo es. El texto, publicado en el 2007 y recogido en el libro “Arte líquido” (Sequitur), se adelanta a las “primaveras árabes” vinculándose a las revoluciones de color que sin complejo alguno han tratado de minar a Rusia y sus aliados y, claro está, a los experimentos de disidencia controlada de Madrid (el denominado 15M “spanish revolution”) que precedió al grotesco “Occupy Wall Street” neoyorquino.

No hay duda, queridos lectores, que la “inteligencia colectiva” es un montaje que requiere la destrucción de la inteligencia y el juicio propio de las personas individuales; la participación del abyecto “arte contemporáneo” en estas repugnantes manipulaciones de la conducta da una medida de lo que hablamos. En cierto modo, en este esplendoroso marco de libertad total artística, donde todo el mundo puede ser creador, pero ciertamente ensombrecido por el carácter marcadamente esclavista de la sociedad de control que camina ya claramente desbocada hacia una tiranía planetaria, el arte es aquí y ahora una solemne tontería; basta con mirar de cerca y con atención a sus usuarios.

“El gran estilo ocurre cuando lo bello obtiene la victoria sobre lo espantoso”. Nietzsche.


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