Acabado perfecto

M de Mirinda

 

Todo lo que alcanzo a ver me convence de que tiene un acabado perfecto. Rutilante y nuevo, con olor a estreno de domingo de ramos, cada objeto que me rodea muestra su superficie lisa, sus aristas bien definidas, su aséptica ausencia de defectos, mellas o viruelas, y oculta, también, sus mecanismos excelentemente dentados y sus óptimas tripas funcionando.

También atraviesan mi campo de visión perros impolutos, perfectamente acaracolados sus pelambres, cromados sus collares y correas; así como congéneres míos que deambulan, dentro de hábitos bien planchados, luciendo complementos apenas rozados por la vida útil, lozanas uñas esculpidas, dentaduras corregidas con plásticos invisibles y ejemplares maletines de ante sin mácula.

No hay pátinas de grasa en los cutis de los viandantes, ni arrugas en los abrigos de pelo de camello, ni botas embarradas, ni lamparones en los regazos, ni descosidos en los bajos: todo el mundo usa agua micelar y leches limpiadoras, todo quisque luce plumas vermiformes contra el frío, lleva la ropa al tinte por sistema y todos calzan blandas zapatillas muy sufridas y que resisten los lavados a máquina sin perder la impronta de la horma ni la excelsa calidad de los tejidos sintéticos que sus pies besan. Es el reino del acabado perfecto con garantías y promesa de efecto Perlán ad infinitum.

Las encimeras de las cocinas, las barras y las mesas de las coctelerías en boga, los coches recién salidos de los concesionarios, las bolsas metalizadas de pipas y bollerías varias, las phablets, las gafas para vista cansada, las decoraciones de Pascua en los escaparates de las pastelerías, las latas de Coca cola, las hostias, las porras de los agentes de la autoridad, las portadas de los libros de primera mano en la mesa de recomendados de las librerías, los zapatos planos de la primavera… me rodea un ejército de charoles, de productos recién paridos en la línea de producción, de bienes y seres que recién rompen la cáscara del huevo tras haber sido diseñados, por manos de parafina, en pantallas ideales o que, ya contando con tiempo vivido tras su acabado, tras su bautismo, han sido bañados en semejantes líquidos amnióticos que resisten la sucesión martilleante de los días logrando así, mantener, para mi horror, su apariencia de recién llegados, de perennes útiles perfectos, de inmaculadas potencias autosatisfechas que esquivan la obsolescencia externa: aunque terminen quebrándose, mantendrán siempre su hálito de objetos, de seres ideales.

Acabados perfectos. Nacen perfectos… nacen acabados. Pura paradoja: tanta perfección los remata pero, de algún modo, también acaba con ellos, los concluye.

Acabados perfectos. No permiten, no facilitan el desgaste subjetivo, al menos, con la furia que tenía cabida en el antiguo reino de lo asequible, de lo barato, de lo no aparente, de lo que estaba al alcance de los acabados.


Comparte este artículo