¿A qué huelen los muertos?

Las horribles historias de Sileno

 

¿A qué huelen los muertos, me preguntas, clavando tu pupila inquisidora en mis ojos de iridiscente azul? Y es que mi amigo Ginés es tuerto, pero sabe mirar y tiene olfato. Perdió el ojo derecho en la infancia, en un cañaveral, jugando a cazar gusarapos. Se agachó sobre un juncal y allí sintió un cimbrón en la pupila y experimentó la primera atrocidad de su vida. Perdió el ojo y luego perdió a la madre (que huyó con un feriante), y perdió también a un hermanito, por la coz de una mula en la cuadra familiar. Y poco después llegó la polio, que le dejó una pierna inservible, y Ginés tuvo que crecer saboreando la soledad y el fracaso en el amor porque, en general, las mujeres los prefieren simétricos. Nos hicimos mayores juntos: yo dándole a la brocha en la peluquería y él vendiendo el cupón por las esquinas. Ginés ahora está jubilado, como yo; cobra una pensión de mierda, como yo, y vive en el entresuelo del bloque del extrarradio donde yo vivo. Todo el mundo sabe que tiene dificultades para subir escaleras, pero esta noche le ha echado voluntad y me ha acompañado hasta el quinto, para resolver el asunto de la señora Encarna, antes de que se entere la policía.

¿A qué huelen los muertos?, ha insistido, porque le faltará un ojo, pero Ginés tiene bien despierta la pituitaria y no quisiera lastimársela con olores nauseabundos. Le he aclarado que la señora Encarna no debe llevar mucho tiempo muerta, porque hace un par de días le subí la compra y entonces estaba vivita y coleando. Bueno, tan viva como pueda estarlo una vieja como ella. Quizá fuera el martes o el lunes… y, desde entonces, no he sabido más.

Desde mi balcón la veo sentada en el sofá, dándome la espalda, con el televisor a toda pastilla, día y noche, sin parar. Eso me llevó a llamar al timbre de su puerta y a gritarle desde el balcón, pero como si nada. De manera que más vale dejarse de remilgos, le digo a Ginés, y aprovechar la situación. Porque de eso se trata, Ginés, al margen del olor a muerto. Alguien tiene que aprovechar todo lo que haya dejado en vida la señora Encarna antes de que precinten el piso. ¿Quién mejor que nosotros, que somos sus legítimos vecinos, puerta con puerta, en este rellano sin luz ni taquígrafos? Además, Ginés, para eso tengo la llave de su casa.

¿Y qué vamos a coger?, ha preguntado mi amigo, forzando su habitual cara de pasmado. ¡Pues lo que haya!, le he espetado. ¡Procura llenar esa mochila, que luego ya repartiremos! Ginés quiere hacerse el inocente descargando sobre mí todo el peso de la culpa, pero no voy a permitírselo. ¡Todos somos hermanos y viajamos en el mismo barco! ¡El barco de los excluidos, como la señora Encarna, los habitantes de nuestro bloque y nosotros mismos, perdidos frente al descampado! Por mi parte pienso que la presencia de Ginés convierte nuestro trabajo en una actividad legítima, habida cuenta de que estoy colaborando con un lisiado que es, además, tuerto, y da lástima. Ginés se merece recoger los restos del naufragio. La presencia de mi amigo en casa de la muerta transforma una actividad de dudosa moralidad en un acto de justicia distributiva.

¡Pues aquí huele a coliflor y a pipí de gato!, ha susurrado Ginés en cuanto hemos traspasado el umbral. El piso no es grande y el pasillo conduce directamente al comedor de la casa, donde la televisión lanza sus destellos sobre el cuerpo de la señora Encarna, tieso y hundido sobre sí mismo como un bacalao reseco. ¿Cuántos días lleva muerta? ¡Y yo qué sé! Hemos abierto el balcón para ventilar y el gato de la señora Encarna ha salido a respirar el aire del descampado. Entonces he visto que Ginés, sin encender la luz, ha empezado a hurgar los cajones de la cómoda, en la habitación. Se maneja bien, a pesar de sus limitaciones. Mientras tanto yo me he dedicado a la intendencia, que es más dura de acarrear: botellas de aceite, paquetes de leche, latas de melocotón en almíbar, pasta y arroces, chocolate a la taza, botes de tomate frito, cacahuetes, café descafeinado, garbanzos, infusiones, galletas, yogures… Poco a poco he ido vaciando la despensa y la nevera y trasladando los enseres a mi piso. Y luego de la despensa he seguido por el lavabo: botellas de champú, rollos de papel higiénico, pasta de dientes, crema para las manos, para el cutis, para las almorranas… y el botiquín, con sus gotas para los ojos, los antihistamínicos, el agua oxigenada, las pinzas de las cejas, las tijeritas, vendas y esparadrapos, pastillas para la tensión, para el dolor lumbar, callicida… Y las toallas, las servilletas, los bolsos, incluso el mozo perchero de la entrada, y los cuadritos al óleo que representan escenas de la huerta valenciana, las cortinas y una alfombra.

Ginés ha conseguido algunas joyas de poco valor, unos cientos de euros de una carterita repujada, los pases del metro, monedas, medallitas de la virgen y un ejemplar del Hola de la semana pasada. Luego hemos arramblado con cazuelas y tapas, platos y tazas, cubiertos de metal, morteros, jarros, escurrideras, coladores, teteras, bandejas y cubos… y con todo lo que había en el armario ropero: los pañuelos de la nariz de la señora Encarna, sus calcetines, las bufandas, los pijamas y las bragas. Ginés se ha empeñado en llevarse también una caja de bombones de Nestlé, un paquete con caramelos de eucaliptus y algunos botes empezados de miel y mermelada. ¿Qué quieres que te diga?, yo soy muy poco de dulces, así que si quieres te puedes llevar incluso esa botella de Marie Brizard con que la señora Encarna debía suavizar su soledad de vieja, mirando la televisión, pimplando en la intimidad de su piso.

Hacia las dos de la madrugada hemos abandonado a la señora Encarna con su gato y el piso vacío. He dejado el balcón abierto, la llave colgada por dentro y he cerrado con cuidado, para no despertar a otros vecinos. Mañana nos repartiremos el botín y luego llamaremos a la policía para que tire la puerta abajo, se lleve el cadáver y podamos olvidarnos del olor a muerto.

 


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