El arte de insultar

Leído por ahí

 

Hay libros que compramos por su título y no porque sean breves, tengan una portada atractiva o nos los hayan recomendado. De repente, los descubrimos en una librería de lance o en el mercado del libro de ocasión. En uno de esos lugares encontré El arte de insultar, de Arthur Shopenhauer[1], habitualmente descatalogado, y no pude sino adquirirlo porque su título me las prometía felices. Cada día estoy más convencido de la oportunidad del insulto para acabar con las discusiones que jalonan nuestras vidas. Pero insultar con arte, esto es, injuriar con gracia y elegancia, no está al alcance de cualquiera. Si existiera una escuela del insulto a cargo de hábiles maestros de la grosería, habría que frecuentarla.

El mundo está plagado de idiotas con los que resulta inútil discutir; gente que no argumenta o que no alcanza a comprender nuestros argumentos; gente tan enfrascada en sus manías que jamás cambiarán de opinión. Y no es porque sepan alguna cosa sobre algo, sino porque están tan seguros de lo que piensan, aunque sea una completa estupidez, que resulta estéril contrariarles. Frente a tales casos, ya lo apuntó Schopenhauer, no hay mejor  opción que el insulto. ¡Hay que descabalgar al cretino de su tribuna y fulminarlo ante su propia mirada o la de los demás! Y para eso está el insulto, ya que, como escribió el filósofo de Danzig, “una grosería vence todo argumento y eclipsa cualquier intelecto”.

Por mi parte, ignoraba que Schopenhauer hubiera compuesto un ensayo tan enjundioso como este, a pesar de que El arte de insultar encajaría perfectamente con su fama de polemista atrabiliario. Se trata en realidad de una colección de fragmentos, escogidos por el editor Franco Volpi, y en los que Schopenhauer se entretiene hablando mal del matrimonio, la filosofía, las mujeres, los ferrocarriles, los escritores, los eruditos, y un sinfín de asuntos controvertidos.  Mención especial merecen sus invectivas contra los filósofos alemanes de la época, Fichte, Shelling y Hegel, a los que pone a caldo sin perder la compostura, como corresponde a un experto del insulto.

Añadiré que también adquirí otro libro por su atractivo título. Se trata de Entrevistas breves con hombres repulsivos, de Foster Wallace. Aún no lo he abierto, pero deposito en él todas mis esperanzas para solazarme durante el próximo fin de semana.

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

– Respecto al insulto, practíquelo con prudencia, puesto que, como advierte el propio Schopenhauer, las consecuencias del insulto son harto previsibles: una pelea, un duelo o un proceso por difamación. La biografía de nuestro filósofo está nutrida de ellas.

– Respecto a los idiotas, en lugar de vejarlos con insultos, ignore su presencia. Y si es un idiota el que nos insulta, se recomienda permanecer impertérritos. Justamente, la mayor sabiduría se manifiesta a través de una actitud serena frente a las injurias.

– Respecto a los títulos de los libros, no confíe demasiado en ellos. Incluso las obras más sesudas del pensamiento prometen en el título lo que después son incapaces de cumplir. Por ejemplo, la primera lección de Hegel en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia (1830) afirma que de la historia no puede extraerse lección alguna. ¿De qué van las 700 páginas restantes? ¡Que venga Schopenhauer a poner orden!


[1] Arthur Schopenhauer: El arte de insultar (Alianza, 2005).


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