Entrevista a Pilar Pedraza

Desde detrás de mi estantería

 

Pilar Pedraza (Toledo, 1951) es doctora y profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valencia, autora de gran número de novelas y ensayos, como La fase del rubí (1987), La pequeña pasión (1990), Las novias inmóviles (1994), Paisaje con reptiles (1997), Piel de Sátiro (1998), Fritz Lang, Metrópolis (2000), Espectra: Descenso a las criptas de la literatura y el cine (2004), Venus barbuda y el eslabón perdido (2009), Lucifer Circus (2012), Brujas, sapos y aquelarres (2014), Lobas de Tesalia (2015), Mystic Topaz (2016) y su más reciente publicación, Jean Coteau, el gran ilusionista (2016). Resulta difícil encasillar a Pilar Pedraza en un género sin cometer injusticia con alguna de sus múltiples facetas. Su obra constituye algo único y prodigioso en el panorama literario en nuestro país. En lo que sigue, Pilar Pedraza comenta su trayectoria e intereses.

P.: Para comenzar, nos gustaría saber cómo se produjo el paso decisivo para que se dedicase a la ficción siendo que ya poseía una línea de publicación de ensayos de arte.

R.: No hubo en realidad un paso, sino una pasión doble y simultánea. Recuerdo haber escrito una novela de faraones a los trece años en un cuaderno del colegio por influencia de Sinhué el egipcio. A saber dónde estará la pobre. La publicación de mis obras de investigación y de ficción fue casi simultánea, como lo es ahora. Las primeras fueron mi tesis doctoral Barroco efímero en Valencia, y la novela Las joyas de la serpiente, muy cercanas en el tiempo. A partir de entonces las he ido alternando y creo que siempre será así.

P.: Por otra parte, usted es una gran estudiosa del cine, prueba de ello son los ensayos que ha publicado sobre el séptimo arte. ¿Hasta qué punto las imágenes cinematográficas forman parte de su narración y cuál es su influencia?

R.: El cine es mi principal fuente de inspiración, tanto el narrativo como el de ensayo. Escribo usando desvergonzadamente procedimientos cinematográficos como el flashback, el montaje, los intervalos cocteaunianos, y sobre todo la imagen y la atmósfera del cine y la pintura, y creo que hasta la banda sonora. La vida no sería igual sin el cine. Al menos la mía. Soy adicta.

P.: ¿Qué títulos destacaría como las que más le ha influido en su escritura y por qué?

R.: Mis cineastas favoritos son Eisenstein, Dreyer, Fellini y Pasolini, porque superan lo que podría ser solo talento cinematográfico y están en la casilla de los genios, al menos para mí. Supongo que sus mundos me influyen. Estos creadores son para mí como los santos para los creyentes. Tengo una película fetiche personal moderna, pero no la digo, porque dejaría de ser un fetiche y se convertiría en un dato banal. Cuando estoy de bajón, la veo y salgo a flote. Cada uno debería tener la suya.

P.: Su último ensayo versa sobre Jean Cocteau, un genio de este pasado siglo que brilló en todos los campos del arte. Sé que será muy complicado elegir una de las obras de este personaje tan polifacético, pero ¿cuál escogería?

R.: Mi preferida es La sangre de un poeta, y también Orfeo. Lo políticamente correcto es decir que la mejor es La Bella y la Bestia, que es bellísima, desde luego, pero me ha preguntado por mi preferencia y ahí está, sinceramente. Mi novela favorita suya es Los chicos terribles, escrita durante la desintoxicación de una cura de opio, que está en la base de la genial película de Jean-Pierre Melville del mismo título, aunque él también metió cuchara.

P.: Qué sería para usted el verdadero arte fantástico en el arte pictórico y cómo lo traslada a sus novelas, donde el mundo irreal de la fantasía se entrelaza con los hechos históricos que narra.

R.: El arte es o no es, sea de género o no, y lo mismo ocurre con la pintura. Su entrelazamiento es algo alquímico cuyo secreto no puedo desgranar en unas pocas líneas. Si alguien está interesado en este tema, le recomiendo sin rubor mi artículo La epifanía de lo imaginario, en la revista Claves del mes de mayo.

P.: En el mundo editorial se suele sacar mucho partido a constantes como son los monstruos vampíricos o los licántropos, entre otros; en su creación fantástica, ¿cuál sería el papel de estos seres fantasmales que son capaces de cruzar las fronteras de la vida y la muerte? En sus novelas, en especial, en sus últimas creaciones, sus personajes traspasan las fronteras de la vida y de la muerte con total facilidad. ¿Busca que su lector le siga en esa ruptura de la razón burguesa o es solo un mecanismo de evasión?

R.: Mis novelas son siempre de evasión, pero de evasión hacia dentro, o sea, de invasión. En el interior están los grandes enigmas, las fronteras entre lo vivo y lo muerto, lo femenino y lo masculino, lo animal y lo humano. Son esas las fronteras que siempre me han interesado y las trabajo continuamente, con mejores o peores resultados. La razón burguesa no debe de estar muy contenta con ello, me temo, y de hecho tengo un familiar que me lo reprocha constantemente. Y habrá quien piense que ya va siendo hora de que escriba novelas de verdad, o sea, de la Guerra Civil, de género negro o de las generaciones de mujeres de una familia de clase media. Otros y otras lo hacen mucho mejor que yo, y además yo escribo para divertirme y, a ser posible, también al lector.

P.: En más de una ocasión ha comentado que la lectura de La Ilíada y de La Biblia, los libros que le fueron prohibidos durante su infancia, le ha conducido hacia el mundo fantástico de su literatura. ¿Qué cree que atrae al lector de hoy en día a la lectura de sus novelas y relatos?

R.: No lo sé. Tengo lectores de todas las edades y cada uno ha llegado a mis libros por su propio camino, por su cultura, por las modas góticas, por una sensibilidad afín, por diversión, por los temas macabros, por el erotismo extraño, por casualidad… No creo que les haya influido como a mí La Biblia, y mucho menos La Ilíada. Sé de algunos que leyeron de jóvenes las fábulas de Saki, pero son los menos; y también de jóvenes que empezaron con tebeos de terror y ahora leen además Mystic Topaz, sin por ello descuidar el móvil.

P.: En sus novelas lo fantasmal y lo monstruoso son artífices de la acción de sus tramas imbricadas en momentos concretos de la historia, pero siempre desde el plano de lo monstruoso, lo tenebroso. ¿Cree que puede ser la clave del éxito de su obra en ese público que se autodenomina gótico? ¿Solo escribe para ese público o cree que otro tipo de lectores se podría acercar a su obra?

R.: Yo la literatura no la planteo así. Escribo lo que me gustaría leer y todavía no se ha escrito, y lo escribo en principio para mí, para aclararme y para expresarme. La industria editorial me trae al pairo en el sentido de que no tiene nada que ver con la escritura. El éxito está en otro lugar y lo condicionan muchos factores, a algunos de los cuales no estaría dispuesta a sucumbir. Y creo por otro lado que no son los góticos quienes compran mis libros, porque mi fantasía está en el mundo de la escritura y no de la moda. Yo no escribo tebeos de terror, ni falsas novelas de vampiros, ni fantasías lovecraftianas, sino obras literarias con ciertos componentes que se repiten porque forman parte de mi universo espiritual, por decirlo así. En eso no me distingo de Louise May Alcott o de George Elliot.

P.: ¿Hasta qué punto esa denominación sería la adecuada para definir su obra?

R.: ¿La de gótica? Rotundamente, para nada. El premio que me concedió tan amablemente el año pasado la Feria Gótica de Madrid por toda mi obra ha de leerse en clave muy amplia. Los encasillamientos son obra de los medios de comunicación, no del trabajo de los escritores. A mí que me denominen como quieran mientras me dejen escribir a mi aire, y compren los suficientes ejemplares como para que las editoriales me acepten como autor con el que no se pierde dinero. Nunca he pretendido ganarme la vida escribiendo, porque en este país es imposible si no te dedicas al periodismo o eres rentista, pero he escrito mucho y he publicado mucho, lo que yo he querido. Para mí escribir es como para las sardinas nadar. No nadan para ganarse la vida o tener éxito, sino porque si no lo hacen se mueren.

P.: En sus novelas y relatos se mueve a través de lo maravilloso, lo fantástico y lo siniestro ¿cree que es una de las principales claves de su éxito?

R.: ¿Éxito? ¿Qué éxito? No veo el éxito por ninguna parte y tampoco lo echo de menos.

P.: Hablamos de éxito porque, como usted misma muy bien dice, en la editorial que le publica es la autora viva que más vende, puesto que la mayoría de los miembros de la colección ya están muertos. Eso son muestras de que su obra gusta e interesa ¿no cree?

R.: Pues algo sí. Siempre figuro en los catálogos de la editorial junto a Edgar Allan Poe, lo cual no deja de ser la caña, pero mi discreto lugar se debe sobre todo a mi descreimiento y a cierto sentido del humor que se inspira en Saki y en Ambrose Bierce; y no poco a mi estilo, que debe mucho al de Colette, una escritora injustamente olvidada por todos, que me enseñó lo que es una prosa sensual. Lo de los muertos y los monstruos es una excusa para escribir.

P.: Suele decir que se ha visto muy influida por la obra de los escritores del siglo XIX, sin embargo, ambienta algunas de sus novelas en los primeros siglos de nuestra civilización, ¿por qué? Y ¿cómo se nota en sus narraciones que transcurren en pleno siglo XX?

R.: Cada relato requiere un tiempo cultural, una atmósfera, que hay que crear con mucha documentación y ayudas externas, para luego olvidarlo todo y construir un relato verosímil y con vida propia, ya sea romano gore o de viajes dieciochescos. Lo importante, sin embargo, es el estilo, no construir pastiches ni rollos históricos, sino obras que puedan interesar aquí y ahora, aunque su acción transcurra en la Alejandría del siglo IV, porque en ellas se habla de personas, es decir, del amor y la muerte, los grandes clásicos. Eso es, al menos, lo que intento. En este momento disfruto enormemente escribiendo una novela que transcurre en Roma a comienzos de nuestra era y se titula El amante germano. Mi intención no es explicar la guardia pretoriana germana de los emperadores romanos, sino los amores de una joven algo pirada. Esto no es gótico, es Pilar Pedraza. A veces la crítica se engancha a un estereotipo y no ve más allá de sus –doctas o no– narices. Curiosamente, son los lectores los que mejor lo pispan.

P.: Por último, su obra crece con las nuevas apuestas de este siglo XXI, que son los relatos encadenados y difundidos a través de Internet ¿Hasta qué punto, esa mayor difusión de su obra influye en su creatividad o, por el contrario, no le coarta?

R.: Si publicar relatos en La charca literaria o en alguna otra revista de la red perjudicara mi actividad, no lo haría. Nadie me obliga. Lo hago con libertad y alegría, y con vistas a recopilar y publicar en libro de papel mis materiales cuando llegue el momento, como en el caso de Mystic Topaz, que está yendo bastante bien y surgió de una colaboración con El butano popular. Internet es un caballo loco: hay que montarlo con tiento y sin desfasar. Y tampoco hay que exagerar con lo de la difusión. Los españoles no leen ni libros ni Internet ni los prospectos de los medicamentos, solo revistas ajadas de cotilleo en las salas de espera. Es un milagro que editoriales como Valdemar confíen en un autor tan de minorías como una servidora. Y muy de agradecer. Y a ustedes también por interesarse por estas cuestiones.

P.: No desconfíe tanto de los lectores españoles, que todavía existen los que desafían a las estadísticas.

R.: Tiene que ser verdad. Si no, no me lo explico.


Esta entrevista se publicó por vez primera en Diablotexto Digital, revista de crítica literaria de la Universidad de Valencia (2017). https://ojs.uv.es/index.php/diablotexto


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