La paradoja del caníbal

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Cuando Miguel de Montaigne (1533-1592) escribe en sus Ensayos1 sobre los caníbales, recién descubiertos en las selvas de Brasil, utiliza el testimonio de un hombre tosco que explica las cosas tal como las ha visto. Ese hombre tosco podría ser un marinero o un mercader, pero nunca un cosmógrafo. La gente refinada acostumbra a enriquecer sus historias con elaboradas fantasías, a fin de multiplicar el interés del oyente. He aquí el resumen del citado informante sobre la sociedad caníbal:

Entre ellos no existe comercio, ningún conocimiento de las letras, ningún término para designar un magistrado o cualquier cargo que indique superioridad política, ninguna práctica de servidumbre; no hay pobreza ni riqueza, ni contratos ni sucesiones, ni división de la propiedad; no hay otra ocupación que el ocio; no existe la ropa, ni la agricultura ni el metal; no se conoce el vino ni el trigo. Las mismas palabras que significan “mentira”, “traición”, “avaricia”, “envidia”, “calumnia” o “perdón” son inauditas.

“Todo esto está muy bien —concluye el testimonio del que todo lo vio—, ¡pero no llevan calzas largas, como nosotros!”. Frente a observación tan paradójica, Montaigne se pregunta sobre la barbarie que suele atribuirse a aquellos pueblos. ¿Es posible la existencia de un caníbal que sea civilizado?

En opinión de Montaigne, “no tenemos otro espejo donde mirar la verdad y la razón que el ejemplo y la representación de nuestras costumbres y opiniones: en lo nuestro siempre está la perfecta religión, el gobierno perfecto, la más lograda perfección en todas las cosas al uso.” De tal espejo se deduce que aquellos pueblos son unos salvajes y que nosotros somos los civilizados, cuando, en realidad, son ellos los que mantienen las cualidades y propiedades que recibieron desde su origen y nosotros los que las hemos hecho degenerar, acoplando lo natural a nuestros gustos bastardos.

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

– Lo normal es que usted use calzas largas, practique relaciones de poder y servidumbre, vele por sus derechos sucesorios, aspire a vivir con más dinero del que necesita, mienta, envidie, calumnie y traicione cuando le conviene. Lo damos por hecho.

– Seguramente, desde su perspectiva “civilizada”, no aceptará costumbres ni visiones del mundo distintas a la suya, que considerará perfecta. Es lo propio. Ni su religión ni su política, ni sus creencias ni gustos alimentarios pueden ser cuestionados.

– No obstante, le exhortamos a hacerlo. No necesita vivir como un caníbal. Es suficiente con que cuestione los límites de sus convicciones. Acepte que en algún aspecto podría estar equivocado. Piense que los caníbales, antropofagia aparte, son un dechado de virtudes. Pruebe a imitarles.

 


[1] Miguel de Montaigne: Ensayos, libro I, cap. XXXI (aprox. 1578)


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