Tu felicidad, la mía

Solo, por favor

 

En algún lugar de Renania, 13 de febrero de 2017

 

Hace un tiempo me preguntabas si te echaba de menos. «Claro», te dije. Insististe: «¿Cómo lo haces?». Sabía por dónde ibas, pero quise saber cuán profundo era tu anhelo: «¿Que cómo hago qué?». «Pues eso. ¿Me echas mucho de menos?». Te delataste.

Entonces era diferente. Ahora siempre ando interesado con lo que me sucederá dentro de un rato. Si me hubieras pillado otro día, incluso entonces, habría tardado horas en responder a tu mensaje. Pero me pillabas sensible. Suerte que enseguida me rehíce con tu denodado interés. Ahora, unos meses después, sin preocuparme por la fecha exacta, asimilando que por fin hay otra persona en tu vida (esta frase es tremenda), puedo explayarme con la respuesta a “cómo lo hago”.

He perdido mi relación contigo. Así, a lo bruto. Una relación que me hizo sentir bien al principio. Así de obvio. La relación que quería tener contigo mientras quise tenerla, que no es tan tautológico si lo piensas. No lo es; nunca se tiene a la persona, sino la relación con la persona. Es ridículo creer que se tiene a la otra persona. En tu caso, además, fue peligroso durante demasiado tiempo. He ahí el primer aliciente para llevarlo bien sin ti.

He perdido apasionantes momentos a tu lado, juntos, disfrutando el uno del otro. Pero ya habíamos perdido la pasión hacía tiempo; tan solo la revivíamos alejados. Aún me resulta incomprensible cómo pretendíamos gozar de nuestros cuerpos a distancia, cuando ni siquiera había chispa en las palabras que nos escribíamos o nos decíamos por teléfono. De las llamaradas fuimos pasando a estar sobre ascuas (tenues, eso sí), esperando un milagro que no llegó —naturalmente, pues los milagros no existen—. Desconozco si forma parte del protocolo del desamor; pues no me había pasado con nadie más. Sospecho que nos pasaba a los dos y que debió de seguir pasándonos hasta el mensaje que he recordado al escribirte, ¿verdad? Fue bueno leerlo entre líneas para comprender que he perdido las ganas de estar junto a ti.

He perdido mi preocupación por que se rompiera la cuerda. De hecho, me encantó soltar la cuerda de la que tirabas cada vez con más fuerza. Recuerda que te avisé antes de soltar y que rebajaste la tensión para no salir volando. Puedes quedarte la cuerda; ni a mi pareja ni a mí nos van esos chismes. En realidad, tampoco sé si somos una pareja al uso, tampoco es que nos lo hayamos planteado. Sin mirarnos nos amamos. Ojalá también te pase a ti.

He perdido los jerséis, los discos y los demás regalos. Supongo que acabarán apareciendo. No es de extrañar que aparezca una sonrisa en mi cara si los hallo, pues, al fin y al cabo, siempre es simpático recordar las situaciones en que alguien te regala algo.

No sé si habré perdido el tiempo escribiendo esta carta, pero me siento mejor que hace media hora. Si realmente te sientes bien, dudo que te sirva de algo. Pero si no es así y sigues preguntándote cómo lo hago para estar sin ti, es posible que esta carta te sirva de ayuda. Como ves, tampoco se pierde tanto.

Tu antaño joven, Werther


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