Siempre tú y yo

Solo, por favor

 

Solíamos pasear de la mano cuando no había nada mejor que hacer. Un pensamiento por otro tuyo, hasta arrancarnos palabras a dentelladas. Baile de tacto entre las palmas de las manos, presión para recordarnos que andábamos acompasados. De día, al atardecer y poniéndose el Sol. Rodeando las mismas manzanas, atravesando el parque de siempre, con bufanda o sin abrigo. Como quien va al cine y prefiere ir acompañado. A veces bastaba.

Hasta que dejó de hacernos gracia.

Dejamos de alimentarnos el uno al otro, espontáneamente. O sin saberlo. Seguimos de la mano sin tocarnos, sólo pensando: tus cosas, las mías. Por azar nos encontramos, por azar nos distanciamos. Nada echamos en falta; ni los besos. Pareciera como si nos sobráramos, pero jamás nos lo dijimos; simplemente, “mejor que lo dejemos”. Como si perdiéramos el tiempo, aunque, en realidad, nada echábamos en falta y, sin embargo, no teníamos la certeza de que nos sobráramos.

Me encontré a Laura hace dos días. Me dijo que te iba bien. Si has hablado con ella, supongo que también te ha dicho que me va bien (ya sabemos cómo es Laura). Me contó lo de tu madre —me alegro mucho—. También, que estás preparando una exposición en el centro —¡por fin!—, y que llevas un mes sin parar entre Madrid y Berlín. Yo sigo con mi vida anodina: de casa al curro, del curro a casa, algún sábado con amigos y los domingos, paella con la familia. De vez en cuando saco tiempo para recordarnos.

Tras el encuentro con Laura, dediqué unas horas a ordenar nuestras fotos. Sigo constatando tu belleza. Daba igual donde aparecieras: bajo el arco del triunfo de Medinacelli, al pie de la Torre del Oro, apoyada en un árbol, posando o sin posar. Te recuerdo guapa, sí. ¡Qué risa cuando perdimos las llaves del coche en La Gomera! Nos dio por reír pensando todo tipo de gilipolleces: “Imagina que nos secuestran. Con esta pinta de guiris somos carne de cañón. Sobre todo tú, que estás como un cangrejo…”. “¡Corre, corre, hazte el desmayado, que pasa un coche!”. No ha pasado tanto tiempo, pero sí la chispa o lo que fuera que hubiera entre nosotros. Lo mejor es que siempre mantengo vivo el recuerdo de aquella chispa; formas parte irrenunciable de reminiscencias felices. Hasta el punto de poder decírtelo, hasta el punto de que ambos comprendemos que ya nos sobramos. Ahora sí tenemos la certeza.

En fin, ¿qué te voy a contar que no sepas?

En realidad, la intención de escribirte era otra: Me llegó una notificación del juzgado. Ya sabes, lo del exceso de velocidad de hace unos años. Me dicen que, al parecer, no eras tú la que conducía, sino yo. Me pregunto qué mosca les habrá picado, puesto que ya firmaste la multa a tu nombre, cosa que te agradezco, pues habría perdido todos los puntos del carné. No sé, quizá alguien ha presentado una alegación. Pero es extraño tanto tiempo después, ¿verdad? Sólo espero que se trate de un error, ya que sólo tú y yo conocemos la verdad. Sentiría que esto siguiera adelante. No tanto por mí, que, al fin y al cabo, no manejo ningún gran proyecto, sino por ti —¡jo!—, que estás a punto de ver tu sueño cumplido. No puedo soportar la idea de ver tu cara en la televisión con este rótulo: “Rutilante artista, acusada de encubrimiento”.

Querida, sabemos ya que nos sobramos, pero ¿verdad que no nos estorbamos?

Recuerda: ¿Siempre tuyo? No; siempre tú y yo.


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